Capítulo 67: Necesidad

Para R. 

Cuando despertó, el gusto a alcohol impregnaba rancio, su boca.

Se levantó, trastrabillando y apenas llego a vomitar al baño. Al terminar, cayó al piso.

Una cantidad indeterminada, pastosa de tiempo, transcurrió.

Al levantarse nuevamente, se lavó la boca, y pensó en volver a su botella. En algún lugar del puto piso estaba una botella de Ron Zacapa y el estaba dispuesto a acabársela metódicamente. Con respeto.

Salió al pasillo y llego a la sala-escritorio-cocina-pocilga que en las últimas semanas se había convertido en dormitorio también. Después de unos segundos, consiguió localizar su Ron, en el otro extremo del cuarto. Avanzó hacia la botella con la seriedad que solo un borracho empedernido o un bebé dando los primeros pasos hacia su madre pueden tener.

Y tropezó, como tenía que ser. Nunca supo con qué. Pero resbaló y cayó con la puta cara en el puerco piso. O mejor, a centímetros del puerco (no estamos siendo metafóricos aquí) piso. Entre el piso y su cara, había un pequeño volumen. Un libro abierto, para ser más precisos.

Que un escritor sea borracho es casi un riesgo ocupacional.

Que un borracho se tropiece con las cosas que tira al piso es normal.

Que un borracho escritor, al caer en su casa de ebrio, aterrice sobre un libro, es, por supuesto, completamente lógico.

Ahora bien, que el imbécil aterrice de cara sobre el libro que ella le regaló días antes de dejarlo es algo que solo puede testimoniar el perverso sentido de ironía del universo.

Y sin embargo, era así. El borracho imbécil, tenía ahora un labio (el inferior) roto y la cara a centímetros de “Cartas a un Joven Poeta” de Rainer Maria Rilke.

El macabro-idiota-hermoso-amado Rilke. El imbécil que escribió aquello de que “si podías vivir sin escribir no debías escribir en absoluto” Que si podías vivir sin escribir, no debías escribir por que eras un simple aspirante, un poser, un wannabe. Que no debías perder ni tu tiempo ni el de los demás, sino dejar que tu real vocación se manifieste. Abrir una pollería, por ejemplo. O una venta de garrafas.

– Rainer imbécil – dijo, y se asustó un poco al escuchar cuan áspera y ajena sonaba su voz. – Y que hace un borracho como yo que no puede vivir sin escribir y que, al mismo tiempo, no puede escribir? Que consejo hay para mi pedazo de mierda?

Segundos pasaron, y entonces su cerebro produjo la respuesta, clara y obvia. Rainer escribía carta a jóvenes poetas, no a escritores borrachos y fracasados de media edad.

Nunca supo si se desmayó o se quedó dormido, pero horas pasaron hasta que volviese a abrir los ojos.

*

Cuando lo hizo, era de día. El sol pintaba rayas sobre el tendal de objetos tirados en el piso. Había sangre seca pegando sus labios al libro, saliva rancia, y una resaca infernal rompía en su cabeza. Y frente a sus ojos, en nítido primer plano, esto:

Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie.Solamente existe una manera: entre en si mismo. Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar mas profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora mas callada de la noche: ¿debo escribir?. 

Rainer hijo de puta asqueroso! Claro que debía escribir carajo! Se le iba la vida, los amores, la salud, la cordura y el dinero en escribir esa mierda que tenía que escribir, esa mierda de novela atascada en el pescuezo, esa cosa que se atascó en algún punto de su útero intelectual-emocional-espiritual y que se negaba a salir con fórceps o cesárea.

Y ese hijo de mil putas venía a darle consejos! Que mire dentro de si carajo! Lo que había dentro de sí era un monstruo intolerable de negrura, un peso en el pecho, un pozo sin fondo que solo podía ser contemplado de frente con la ayuda de, por lo menos, una botella de Zacapa (donde está la botella?).

Ella también era así. Como Rainer. Puta. Una imbécil llena de consejos y buenas intenciones incapaz de entender la infinitud de ese agujero negro que era su pecho. Esa fuerza capaz de tragar indemne todo el amor y toda la luz que se le tire, sin inmutarse. Sin moverse.

Quiso gritar. Quiso matarse. De una puta vez, no con método y respeto, como estaba haciendo.

Gritó. O pensó que gritó. Fue un pequeño gruñido, en realidad. Se desmayó de nuevo.

*

Cuando volvió a abrir los ojos, las palabras seguían, inapelables, inamovibles, frente a si:

Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie.Solamente existe una manera: entre en si mismo. Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar mas profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora mas callada de la noche: ¿debo escribir?. 

Entonces, en su cerebro quemado de alcohol, el imbécil entendió. Era un cretino preso entre una fuente inagotable de luz y un pozo inagotable de negrura. Esa era su puta cruz. Estaba en una mierda de punto muerto imposible de superar. Imposible. Imposible.

Esas dos fuerzas, externas a él, ajenas a él (luz y negrura) podían contemplar impávidas y absolutas como se retorcía. Podían ver su miseria con la maravillosa indiferencia del mar, el hielo o el fuego.

Solo él podía resolver esa miseria. Salir del circulo. Acabar con la payasada. Se levantó. Trastrabilló nuevamente. Sabía, por fin – con claridad completa – lo que tenía que hacer. Agarró la botella. Volvió al baño. Abrió la ducha. Se metió bajo ella con la botella, y se bañó con el Ron. Puto Ron de Guatemala maravilla de forma de matarse dejada correr sobre la piel para, aunque sea, sentir su olor en esa despedida. Por que era eso. Era la despedida. La despedida, última, del pozo.

Y la voluntad de despedirse, de desprenderse de la negrura, no tenía nada (nada, nada, nada) que ver con valor ni con voluntad, sino con entendimiento.

Es que el pobre imbécil borracho fracasado basura cretino mierda, por fin entendió.

Necesitaba escribir tanto, tanto, tanto, que necesitaba estar vivo para escribir.

El resto, se iría acomodando.

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