Amaneció y él supo, con certeza inapelable, que era el último día del camino.

Tomó un breve trago de agua de su cantimplora, terminando su contenido. Recogió sus pocas pertenencias y enrolló la manta. El atado, cuando estuvo cerrado, era penosamente liviano. Ya no había comida en la bolsa. Ni ropas. Un pequeño cuchillo, y una piedra para encender fuego, además de lo que tenía puesto, eran todo cuanto había quedado al final.

El sol se levantaba suavemente, en la mañana de otoño. El verano, brutal, se despedía. Entre la base de la montaña donde había acampado, y los bosques que apenas se adivinaban en el horizonte había una extensión indeterminada de desierto.

“La historia de mi vida” – pensó – ” cruzar el desierto en el pico del verano y ver el otoño llegar desde el otro lado”.

Debería sentirse furioso, por todo lo ocurrido. Por la estúpida decisión de enfrentar al Desierto de la Desolación en la peor temporada. Por el guía que quiso robarlo. Por haberse separado de sus amigos en la tormenta de arena. Por haber tenido que sacrificar a su caballo después que se le rompieran las patas delanteras en una grieta del desierto de piedra. Por haber perdido el diario, su único tesoro material, y con él, la belleza de tantas lecciones aprendidas, el soplo de vida de tanta gente que ya no estaba aquí.

Y sin embargo, no podía, simplemente, encontrar esa furia en él. Se había evaporado. Como alcanfor. Como rocío en la mañana. No era capaz, en ese momento, de precisar si eso era algo bueno, o malo. Si era una manifestación de su agotamiento y degradación física, o una prueba concreta de evolución espiritual.

“Probablemente ambas cosas, al mismo tiempo” – pensó con una sonrisa que conseguía ser, al mismo tiempo, levemente divertida y un tanto amargamente sarcástica.

Sabía que el hambre, la sed y el cansancio, lo tenían ya en un estado alterado de conciencia. Tenía – todavía – suficiente racionalidad para ver como su racionalidad se erosionaba. Por debajo de sus ropas rotas, su cuerpo se sentía entumecido de cansancio y hambre. Entendía, sabía, que en los último meses, no había consumido, ni de lejos, los nutrientes que necesitaba. Su cuerpo era un amasijo de fibras en el que se había consumido hasta la última caloría de reserva, y en los últimos días, había venido sintiendo en la boca el gusto cobrizo de sangre que le manaba de las encías.

Estaba, en simples palabras, muriendo de inanición.

Esto, lógicamente, debería disparar también sensaciones de apremio. De angustia. Pero el miedo tampoco estaba allí.

Lo que había en él, ahora, era silencio. Un silencio, profundo, dulce y pleno que era el equivalente interior al silencio del amanecer en una montaña al borde del desierto.

El pico tenía unos 4000 metros. No era, ni por mucho, la montaña más alta de la cordillera, pero hasta eso tenía sentido. Una Joya como esa nunca estaría en un lugar tan obvio como la montaña más alta. Sería tonto. Y además, la altura no era la protección del santuario. La verdadera barrera, era por supuesto, el Desierto a sus espaldas.

Calculó que le quedaban unas seis horas de caminata. Miró atrás, por ultima vez e inició su último día de camino.

Sus cálculos casi fueron correctos. Llegó en 7 horas y 15 minutos. Él nunca lo supo, por que en su interior, el tiempo fluía ya de modo muy diferente. Como ocurre en los sueños, al hacer el amor, o en la agonía de la muerte.

*

Al final del sendero, cerca de la cima, solo había un corte vertical en la piedra. Era estrecho, no más de un metro, pero se extendía en vertical, y hacia arriba hasta permitir ver un atisbo del cielo azul. La piedra parecía pulida, y uno tenía, frente a tal acceso, una curiosa sensación de irrealidad.

“Estas viendo cosas, el aire tiene menos oxígeno, estás delirando” – pensó. Pero claro, no era así. Tocó la piedra sólida, sintió el calor del sol en su superficie.

Así que esto era el final. Después de todos esos años, y todo cuanto se había perdido. Este era el sitio al que había que llegar.

Caminó, lentamente y la luz fue gradualmente desapareciendo. Luego caminó, por un tiempo y una cantidad de espacio que no pudo precisar, en completa oscuridad. Sus manos rozaban la superficie de la montaña a izquierda y derecha, pero luego de cierto punto, a pesar de que sus brazos estaban completamente abiertos, perdió todo contacto con las paredes. Por un momento pensó en girar, a izquierda o derecha y buscar las paredes, usándolas para orientarse, pero de algún modo, supo que eso no era lo correcto.

Así que siguió caminando, por puro instinto en una negrura sin dirección, en la cual, su única brújula era su propio ser.

Al fin, cuando sus piernas empezaban a fallar, vio el destello naranja, tenue pero haciéndose cada vez mas claro y firme frente a sí, a medida que seguía avanzando.

*

Cuando por fin llegó al recodo que escondía la cámara de Fuego, sus últimas fuerzas se habían agotado. Había comido por última vez hace casi dos días, pero ese no era el problema. La cuestión es que habían pasado mas de 12 horas sin probar agua, muchas de las cuales fueron subiendo la montaña bajo un sol aún fiero.

Fue por eso – y no por ninguna reverencia mística – que cayó de rodillas apenas hubo pasado el umbral. La piel de sus rodillas se desgarró con el suelo de piedra, y sin embargo, de algún modo sintió que eso lo adecuado. Que todo estaba siendo como debía ser.

Entró, a gatas, en el recinto y entonces la vio.

La Joya estaba sobre un manto blanco, y envuelta en un tejido igual. Además del fuego que ardía en el centro del recinto y de la Joya misma, no había nada más en la habitación. La cámara de Fuego era un perfecto domo de piedra pulida. Permaneció un tiempo indeterminado mirándola, con la vaga – y de algún modo cómica – sorpresa que siempre sentimos al encontrar aquello que hemos buscado con todo nuestro ser, durante toda nuestra vida.

Él hubiese sido capaz de seguir simplemente en contemplación, por semanas, pero la Joya sabía que el cuerpo de ese pobre hombre estaba a punto de colapsar, y que era necesario hacer lo que él había venido a hacer.

“Como te llamas?” – dijo la niña vestida de blanco, mientras miraba al viajero. La Joya parecía no tener mas de diez años, y estaba sentada en perfecta posición de loto. Su rostro era sagrada paz.

“Ella no puede estar aquí, no hay comida, no hay agua, no hay nadie en cientos, quizá miles de kilómetros a la redonda” – fue lo único que consiguió pensar.

“No es curioso que un hombre busque algo toda su vida y luego, al encontrarlo finalmente, dude de su Existencia?” Pregunto la niña. Su voz era música de paz en sus oídos. Pero también había fuerza y severa verdad en las palabras. Él sabía que la Joya podía simplemente dejarlo seguir el camino de todo cuanto vive. Simplemente dejarlo morir, aquí, ahora, en el final de su jornada.

“Como te llamas mi muy amado?” – preguntó la niña, nuevamente.

Pensó, por un instante en pronunciar el nombre que sus padres le habían  dado, pero supo que no era lo que debía decir.

“Tuve muchos nombres a lo largo de los años, pero ninguno me describe ahora. Todos mis nombres se han gastado antes de que inicie el camino, y en el camino. El último que tenía, se quemó en el Desierto”.

La Joya Sonrió.

“Entiendo. Pero si no tienes nombre, como he de llamarte?”.

“Todos mis nombres me fueron dados. La mayoría por gente que me amaba, otros – los menos – por gente que me odiaba. Todo eso, Joya, está en mi pasado. Nadie que me ame o me odie sigue vivo. Por tanto, no tengo nombres. Casi nada queda de mí, y en este momento, apenas Soy lo que Hago. Y lo que he hecho, de un modo u otro, toda mi vida, ha sido buscarte. Creo entonces, Joya, que puedes llamarme el Buscador”.

“Buscador, que puedo pues, hacer por ti?”

Sus brazos se doblaron, y cayo boca abajo, sobre sus rodillas dobladas. Su frente se desgarró contra las piedras, y un poco de sangre fluyó, tibia. La posición de su cuerpo era extrañamente cercana a un asana llamado Balasana, la postura del niño. Que estuviese así, frente a la Joya, también resultaba apropiado.

“Buscador, tu tiempo se termina, que puedo hacer por ti?”

“Yo tenía una pregunta Joya…. , pero temo que ella también se quemó en el desierto” –  balbuceó, y ya no tuvo fuerza para decir nada más. Iba a morir sin encontrar la respuesta por la que había cambiado todo, y sin embargo, ni siquiera eso parecía robarle la paz. No pudo decirlo, ni siquiera formularlo como un pensamiento coherente, pero lo que sentía en ese momento, es que, si naciera otra vez, dedicaría todo su ser, una vez más, al mismo camino.

Con cuidado, la niña se incorporó y caminó los pocos pasos que separaban su lugar de meditación del lugar donde él se encontraba. Se inclinó y le susurró al oído:

“Las preguntas desaparecieron, Buscador, por que ya no las necesitas. No necesitas entender, sino recordar y ver”

Y diciendo esto levantó su rostro, y le dió un beso en la frente, entre las cejas.

Lo que él vio en ese momento no puede escribirse, ni describirse, del mismo modo que no puede describirse el momento en que uno conoce el amor, la muerte, el orgasmo o el nacimiento. Algunos misterios requieren que cada uno haga su jornada, si ha de descubrirlos.

Basta decir que el beso de la Joya le permitió recordar la inmensa cantidad de amor absurdamente gratuito que había llenado su vida, desde el momento en que sus pulmones se abrieron en el llanto inicial que siguió a su nacimiento.

Pudo ver y recordar a todos los amores que eran los milagros, reales, tangibles de su vida. Tan reales como la roca que tocó en la entrada de la cámara de Fuego. Y por un segundo, pudo vislumbrar que todos esos rostros del amor, eran máscaras (manifestaciones?) de un mismo Amor, que era mucho más profundo y mucho más real que las piedras y el sol, por que al fin, era un Amor que existía antes que todas las piedras y que el sol, y que continuaría existiendo cuando ya no hubiesen ni piedras, ni planetas, ni sol.

En ese momento, se deslizó a las sombras y no supo más.

*

Dos días después, sus amigos consiguieron al fin, terminar de cruzar el Desierto de la Desolación. Encontraron su cuerpo en el local donde había acampado por última vez. Se acercaron, empezando a llorar su pérdida.

Pero cuando recogieron su cuerpo con la intención de limpiarlo para el entierro, lo sintieron tibio, y vieron que su pecho se movía aún, siguiendo el ritmo dispar, casi agónico de su respiración.


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