Capítulo XXVII: El método

Para B., el corredor.

Después de la ceremonia, algo extraño ocurrió: no sintió nada. Parecía incapaz de evaluar la magnitud de la pérdida, o de sus implicancias. Ni siquiera parecía capaz de sentir que no sentía. Este estado de anestesia se extendió por días, que dieron lugar a semanas, que dieron lugar a meses. Él continuó funcionando en el mundo y para el mundo. Para ciertos conocidos, era – incluso – como si estuviera mejor: más metódico, menos disperso, menos propenso a sus típicos exabruptos emocionales. La realidad sin embargo, era que en todo ese tiempo, estuvo desconectado de un modo fundamental. Masticaba, pero no degustaba, veía pero no miraba. Respiraba, pero no se puede decir totalmente que vivía.

Su retorno fue gradual. Varias mañanas despertó como si tuviera en la mente y en las manos, en el corazón y la lengua una respuesta, una idea, una intuición. Pero no podía asirla. Lo que sentía era el reflejo del espejismo de un sueño. Algo que es tan sutil que no puede retenerse o nombrarse. Algo cuya ausencia ya no era percibida para cuando terminaba de cepillarse los dientes y que no existía ni como recuerdo para el momento del primer sorbo de su café.

Entonces, unos seis meses después de aquella mañana gris, en que depositaron el cajón en el columbario, despertó para percibir todo de un modo distinto.

Esa mañana, él salió por su puerta para caminar por una ciudad difusa en luz blanca, y de pronto se percató que todos a su alrededor estaban heridos. Tienen nítidos cortes en las muñecas, y de los cortes brotan flujos, no de sangre, sino de luz (una luz que es, no etérea, una luz que es líquida, que es fluida).

En un principio, no lo puede comprender, pero lo cierto es que nadie parece notar que está herido. Los flujos son, sin embargo, inexorables. No importa que ellos – los heridos – se den cuenta o no.  La pérdida está allí, constante, imparable, ineludible.

Frente a sus ojos, un par de viejos se quedan sin luz, y caen al suelo como árboles secos. Un par de pasos más allá ve a un bebé en brazos de sus padres, y se reconforta al ver su sonrisa. Pero cuando el niño se mueve en el regazo de la madre, sus brazos muestran los cortes que pierden luz desde el momento mismo del nacimiento. Él empieza a creer – a descubrir – que estos pobres seres no están heridos, sino que han nacido rotos, por algún motivo que está más allá de su comprensión.

Él camina por la ciudad, y encuentra mientras camina a heridos que son diversos entre sí. Todos son diferentes, y actúan de modos diferentes, pero son, de un modo profundo, iguales. Todos son iguales en la pérdida. Se siente abrumado por la tristeza que le causan estos pobres seres rotos. En un instante de angustia, sube las manos para cubrirse el rostro y descubre entonces, en sus propias muñecas los tajos profundos, precisos, congénitos, innegables, irreversibles.

A su dolor por los demás se suma el estupor, la incredulidad de verse, de sentirse, de conocerse irrevocablemente igual a aquellos seres rotos que van por las calles, vaciándose a cada instante, sin saberlo. Al dolor y al estupor se suma la ira de entenderse tan ciego como los otros, que ahora sabe, son él mismo. Por que, en definitiva, solo hay una realidad común a ellos, y a él, y a todos: la pérdida.

Corre, cada vez más rápido por las calles, embargado por la angustia. Su carrera es una búsqueda. Su mente – su corazón – le dicen que quizá haya alguien que no esté roto, alguien destinado a no vaciarse de su luz y desaparecer, sino a durar. Alguien cuyo brillo no sea un suspiro, sino una continuidad.  Corre con todas sus fuerzas, pero lo único que encuentra son brutales confirmaciones de una regla sin excepción alguna.

Entonces, cuando ya no puede más, y sus piernas y su pecho arden, y quiere gritar de dolor (físico, espiritual), él los encuentra. Son, al primer golpe de vista, iguales a todos los demás. También están heridos, también han nacido rotos. Pero siendo iguales, son diferentes. Estos otros – los iguales-diferentes – ven la luz que pierden y saben que el flujo es finito. Los iguales-diferentes usan su luz para regar sus amores.

Sus amores son flores, árboles, niños, casas, pinturas, partituras o libros. Sus amores son cristales de álgebra y música, maravillas de la razón y la emoción. Sus amores son comidas, medicinas, bromas, abrazos, besos. Sus amores son montañas, bosques, ríos y mares. Sus amores – y quizá esto sea lo mas importante – son otros seres rotos como ellos. Seres cuya debilidad y carencia sostienen  – por un rato – con su luz.

Al saber la inexorabilidad de su pérdida personal, ellos han hecho lo único que – maravilla! – se puede hacer. Durar no en uno, sino en otros, a través de la luz dada. Durar, no para uno, sino para otros, en esos breves tótems de luz que como los ayoreos, un miembro de la comunidad deja a otros, para hacerles saber que, a pesar de toda la soledad aún viven entre hermanos y que no enfrentan la oscuridad y el vacío solos.

Durar en poemas, en conversaciones, seguir siendo en los otros que han recibido tu luz, y te han dado su luz.

Entonces, ve a uno de estos iguales-diferentes, a un hombre joven cuidando a sus niños, dándoles su luz, y se acerca para verlos mejor, y ve que ese  joven es su padre. El padre que él ha acompañado al columbario, en una edad que el nunca conoció excepto en fotos gastadas. Él ve que su padre sostiene (con sus brazos y su luz), a un bebé que él ya no recuerda haber sido. Y se sorprende al ver cuanto de lo que él creía que era su Ser único e irrepetible (sus hábitos, amores y disgustos, la tonalidad y los matices de su luz), no son suyos en un sentido estricto, sino apenas una continuación del Ser de su padre.

En ese momento, abrió los ojos, para encontrarse nuevamente en su cama. Mientras respira, percibe que ha tenido un sueño, que ha sido una pesadilla, y en cierto modo, una revelación. Sabe que tiene que contarles, que tiene que contarse a sí mismo esta historia, antes que se disuelva en el olvido. En ese olvido que es todo lo importante-insignificante que conforma su día a día: victorias, derrotas, política, dinero, éxito y fracaso, opiniones de terceros, la mezquina competencia que sustituye al debate profundo, el tránsito, las cuotas, el noventa por ciento de las conversaciones, el noventa por ciento del precioso tiempo que se quema como si fuera infinito. Sabe que tiene que rogarles y rogarse que la brevísima luz sea usada para regar cualquier cosa que sea bella y verdadera (y por lo tanto, necesaria).

Se levanta de su cama, y al dar el primer paso, tropieza y cae. En el suelo, ve los cortes, las heridas, y siente la luz escapándose, siente como se vacía. Trata de cubrir la herida de su brazo izquierdo con la mano derecha, pero la  luz, inexorable como el tiempo, se niega a parar, y sigue fluyendo. Se escapa entre sus dedos crispados y se cuela entre las grietas del piso, disolviéndose en la nada. Sabe que él se disuelve en la nada, sabe que se está vaciando y que en breve será solo una cáscara hueca.

Quiere abrir los ojos, pero los párpados tienen un peso inconmensurable. Entonces, se vacía por completo, y llega la oscuridad – por un segundo.

Por eones.

Cuando abre los ojos está en su cama. Nuevamente. O ahora sí. O ahora está en su cama, pero despierto  y no soñando que está despierto. O lo que sea. Es mayo. Recuerda que es mayo, pero más que eso, sabe que es mayo, por que el sol empieza a despuntar entre los árboles con una luz especial que el ama, diferente del sol de Diciembre que también es hermoso pero que en estas latitudes es impenitente y satura todo y quema los colores.

Es mayo, y el cielo es azul, sin nubes, y halos de fuego naranja cubren el horizonte. En esa hora mágica, en el momento de mayor confusión – o de mayor claridad – cuando el sueño, la pesadilla y la revelación son aún una masa espesa a través de la cual la luz del alba penetra lentamente, él se revisa los brazos, y suspira, como un condenado a muerte que ha recibido una prórroga de una semana.

Estaba seguro que los cortes, que las marcas de nacimiento estarían allí, tan reales como su ombligo. Pero no están. Ni los flujos tampoco. La luz no está drenándose de sus brazos (no de modo visible – se dice a sí mismo -). Prueba levantarse y lo consigue. Prueba andar, y puede hacerlo. El alivio lo embarga. Aún hay una oportunidad de contarles, – de contarse – la historia.

Todavía le queda luz que pueda verter en algunas líneas, y rogar que esas líneas puedan durar, como advertencia y recordatorio. Como abrazo, como regalo de hermandad hecho en un mundo de pérdida y disolución. Como un beso en la boca o una carta que pueda darles – darle a él mismo – alegría, valor y sentido. Una oportunidad de ser, cuando este ser se haya disuelto, como el rocío de cada mañana, como las montañas y los soles.

Entonces cruza a su escritorio y empieza a machacar las teclas. Cierra la puerta para no despertar a su mujer, que aún dormida desparrama sus piernas y su pelo en la cama. Es que la vieja Olympia es un engendro de ruido. Pero él sabe (del mismo modo que sabe que ahora esta despierto, y que esta es una mañana de mayo) que estas líneas tienen que escribirse en la Olympia, por que si hay alguna luz en él, entonces los engranajes de esa vieja máquina están manchados con salpicaduras de esa luz.

Y mientras escribe la historia, en la hora secreta del inicio del día, se siente, por primera vez en meses, profunda y verdaderamente triste y feliz al mismo tiempo. Mientras ve como la historia (esa mezcla de recordatorio, advertencia y beso) toma forma, él sonríe.

Sabe que esta noche ha recibido, como un regalo, un método para enfrentar a la muerte.

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